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Borges y yo



Gracias a la mano amiga y profesional de Antonio Jesús Cruz, la revista Tardes Amarillas saca a la luz su número 32. En esta oportunidad, el número está dedicado a Borges, ese genio que cautivó y sigue cautivando a muchos lectores del mundo. Gracias también a Antonio, aparece aquí un artículo que escribí a propósito de este número borgiano. A continuación el enlace para la revista y luego, mi texto.

http://www.tardesamarillas.com/



Borges y yo, brevemente...
Geraudí González Olivares*
Especial pata Tardes Amarillas
Contar sobre un escritor podría ser una tarea complicada, si se trata de una labor impuesta, obligada. Justo lo que esto no es. Confieso que de estas tareas tuve bastante en mis tiempos de estudiante universitaria. En esa época, tuve que investigar acerca de varios autores, nacionales y extranjeros. Algunos de ellos me dejaron el sabor del hallazgo oportuno, inesperado y feliz. 
Otros, en cambio, pasaron inadvertidos sin pena ni gloria. Borges es parte del primer grupo. Borges, el escritor argentino de carácter universal. Su estudio siempre es considerado el de un autor consagrado, de esos que llaman “monstruos”. Y en este sentido, podría convertirse en una tarea titánica si de él queremos abarcarlo todo. Y más o menos esa es la idea de la que a veces no se desprenden las aulas de clases de literatura, lo que confirma esa idea desmedida de la que ya vengo comentando.
Borges me atrapó desde el inicio. Esa pasión por los sistemas metafísicos, las parábolas y las interpretaciones, muy constantes en sus ficciones, me engancharon desde la primera vez. Al menos desde mi primera vez borgiana. La circularidad como elemento asombroso en una joven que empezaba a meterse en serio (antes solo habían sido encuentros fortuitos de una adolescente curiosa) en los rigores de lo fantástico. Así llegué a Borges. Ruinas circulares y El Aleph, atraparon mi atención de estudiante universitaria; pero la “desordenada” lectura posterior del autor sureño, sin presiones ni métodos académicos, determinaron mi apreciación y gozo por su literatura.
En este transitar borgiano, me topé con el relato brevísimo, ese género que de un tiempo a esta parte se ha estudiado con mucho entusiasmo y no menos polémica, y al que sus amantes estudiosos han dado diversos nombres: microrrelato, minificción, minicuento, microficción, entre otros. Y del que cada día, se escriben nuevas líneas en pro de su disertación y cultivo de sus formas más representativas. Aparece Borges nuevamente. Descubrirlo ahora en otras instancias, más cercanas a la fugacidad de lo breve, me hizo ver al autor que no vi en mis albores borgianos: el Borges de la brevedad. El de la minificción (término que prefiero usar para referirme al género brevísimo).
La metafísica, el sueño, las elucidaciones se remontan otra vez en mis lecturas literarias; pero esta vez en forma compacta, en el género que de unos años para acá me ha cautivado y me ha quitado, no sin gusto, buena parte de mi tiempo, para leerlo, estudiarlo y finalmente (así, en ese orden) escribirlo. Es cuando aparece:

UN SUEÑO
En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

            Retomo el círculo, pero con un fin más preciso y contundente: el de la bofetada certera y fugaz de la minificción. Hay en este minitexto (llámelo el lector minificción, microrrelato o cualquiera de sus nombres) la atemporalidad propia de muchos de sus relatos, y esa especie de espejo en la que parece sumergirnos Borges; pero más allá, el vértigo rápido y decisivo para dejarnos como lectores, extraviados de nuestros propios razonamientos lógicos. Tal como también sucede en el siguiente minitexto:

ARGUMENTUM ORNITHOLOGICUM
Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible: ergo, Dios existe.
        Mi admirado autor sureño permanece intacto en mi memoria, en esos primeros hallazgos juveniles; pero más allá, persiste firme en mi delirio de devorar a mi paso todo lo que implique el estudio de la ficción muy breve, esa que ahora en estos últimos tiempos, ocupa mi mayor atención como investigadora y  aspirante a escritora creativa. Esta relación mía con Borges siempre es un diálogo, ese que comparto conmigo misma, y a veces, con algunos de mis compañeros de aficiones literarias. Un diálogo que, como el de A y Z, siempre tiene incertidumbres:


DIÁLOGO SOBRE UN DIÁLOGO
A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.
Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron.
A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

     Este es el Borges del que más me gusta hablar, y del que he querido compartir. Un Borges sin pretensiones de aliento largo;  uno sin otro interés que el de la prontitud, esa rareza genérica que ni a Borges, ese maestro singular, dejó escapar ileso.

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